De todas las cosas que existen en la vida, una de las
que menos me imagino haciendo es tirándome por Canopy. Dicen, los que
se han tirado por este desafiante cable que cruza los aires, que
es una de las sensaciones más fuertes de estar vivo. El
viento en la cara, la naturaleza en plenitud, el vértigo
de la respiración a mil, …vivir conscientemente esos
segundos como si fueran los últimos.
La mayoría de
los mortales, no se tiran por Canopy porque les da miedo, porque
representa un riesgo, porque están muy
ocupados, porque no hay tiempo, porque no encuentran las personas
ni las circunstancias adecuadas, uff un sin mil de excusas. Más
allá de la metáfora, que no busca promover ni desprestigiar
este deporte extremo, podemos aprender también algo para aplicar
en nuestra vida diaria. ¿Vivimos realmente sintiéndonos
vivos o transitamos sin percibir todo lo que se nos va cruzando por
el frente?
Como comunidad del Colegio Santa Cruz de Chicureo, tuvimos
la oportunidad de conocer a una de las pocas personas que disfrutaba
promoviendo
esta forma de vida al estilo Canopy (tanto literalmente como humanamente).
El Nico Boescht no conocía el miedo a vivir intensamente,
a responder a su esencia, de disfrutar cada minuto con alegría
y entusiasmo, de soñar y llevar a la realidad todos sus proyectos
tanto familiares, empresariales y de vida. Y todo esto lo hacía
con sencillez, con tanta energía, deteniéndose en todo
y en todos… El Nico no le oponía resistencia a la vida
( ni tampoco se la puso a la muerte, un paso más de la primera),
navegaba con ella, fluía como un surfista experto en medio
de las olas, sacaba de cada paisaje lo lindo, lo positivo, la maravilla
que Dios había presentado en su trayecto de Canopy. Habrá libros
que rellenar con su testimonio; por ahora algunas pequeñas
anécdotas para hacerlas nuestras.
• Ver v/s mirar:
El otro día en una misa, en la que se recordaba su partida,
una persona de edad mayor, muy sencilla y de bajo perfil relataba
muy afectada que para ella el Nico era único. “Yo trabajo
con mucha gente; muchas me miran…, pero no me ven. El Nico
me veía: Tenía mucho respeto e interés por mí;
me hacía sentir especial, lo más bacán ”,
decía ella. Una primera lección entonces de la vida
Canopy, es detenernos en cada persona, mirar su corazón con
verdadero interés. Mirar a los hijos, la familia, los amigos,
los compañeros de trabajo, como otro importante que no es
casualidad que esté a mi lado. En definitiva, quererlo, darle
un pedazo de nuestro corazón regalándole tiempo, atención,
preocupación.
• Profesionalismo y capacidad de soñar:
Conocidas son las múltiples y exitosas aventuras empresariales
que creó el Nico. Sin embargo, -y sobre todo en los tiempos
de hoy- cuesta encontrar la compatibilidad entre “ese mundo” y
el “humano“ que él logró. Se le veía
ocupado, pero relajado, personal pero profesional, súper bien
conectado, contactado, pero disponible y cercano. Minutos antes en
que terminaba su funeral, un contingente muy numeroso de jóvenes
vestidos todos iguales, que trabajaban con él en Latitud 90,
se levantaron enjuagándose los ojos llenos de lágrimas,
para despedirlo afuera de la Iglesia con un arco humano. No era al “jefe” al
que despedían, era su líder; su amigo. Ahí quedaba
en evidencia su calidad humana. Sin embargo, cuando ya llegaban afuera,
uno de ellos le dio claras instrucciones a todo el grupo: “Todos
con las poleras adentro, bien ordenados, como le gustaba al Nico”.
Ahí quedaba en evidencia su profesionalismo, su trabajo bien
hecho.
Si aún nos atemoriza vivir distinto a como vivimos, si no
nos damos el tiempo, si dejamos que el “viento sólo
nos lleve el pelo a la cara y no la disfrutamos conscientemente”,
tenemos que tomar en serio que el tiempo se hace, la información
se busca, los cambios se construyen desde adentro de cada uno… sólo
basta atreverse a vivir en el Canopo, como lo hizo el Nico.
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