Después de varios años y meses en que
esperábamos la visita de la cigüeña de Paris,
al fin ésta se dignó a visitarnos como familia y ha
depositado en mi interior en pequeño nuevo ser para cuidar.
Además de llenarnos una infinita felicidad porque era alguien
muy esperado, no tardaron en aparecer también las molestias
propias del embarazo, las que sumadas a la” experiencia”,
realmente me ha quitado mucha energía y vitalidad. A pesar
de estar plena de gozo y alegría, me siento al mismo tiempo
muy debilitada y sin entusiasmo. Cómo es posible entender
sensaciones y estados tan contradictorios en una misma persona…
Frente a esta inevitable pérdida de fuerzas y entusiasmo,
por razones súper justificadas y biológicas, creo
que hay dos caminos a seguir: el dejar vencerse por la fuerza de
las hormonas y literalmente sobrevivir por la vida o bien tomar
todo eso, rearmarse, y ponerle el empeño que falta, para
vitalizarse desde lo más pequeño que encontremos
y con agonía, disfrutar el éxtasis. Una forma concreta
de hacerlo es visualizar el nacimiento: sólo ver la carita
de mi hijo o hija, en unos meses más me dan ánimo
para seguir…
Y dónde estaría la raíz de tanta paradoja;
creo que precisamente en el hecho de lo que me hace estar “mal” es
algo intrínsecamente bueno y motivo de felicidad. Lo que
nos hace estar decaídos por un momento, es a la vez lo que
nos da sentido de vida, lo que nos llena el alma y también
el cuerpo… en este caso. Además, después de
unos buenos mareos, siempre viene, aunque sea por un ratito corto
un viento fresco que te aclara la cabeza; después de la
molesta pesadez en el estómago, siempre viene un momentito
de calma y placidez. Todo esto para que después de la larga
espera, podamos dar a la luz una nueva vida, un nuevo ser que viene
a ocupar una misión y un lugar maravilloso en nuestra realidad
y en la del mundo en general
Tomando esta imagen creo que hay algunas lecciones
que podemos sacar de los múltiples “embarazos” que
anidamos cada día en nuestras vidas.
En primer lugar, el constatar que a veces lo que más nos
llena de sentido y felicidad, es lo que más nos desgasta,
nos “chupa” todo lo que tenemos, desde el tiempo, la
libertad… incluso la paz. Por eso la importancia de reenfocar
la mirada hacia “al parto final”. Mirar la carita de “ese
hijo o hija” que está por nacer y que requiere de
molestias y esfuerzos previos. Puede ser un proyecto de trabajo,
una casa, una operación, un tratamiento médico, las
horas extras de pega, los trasnoches, los desvelos… Con todo
ello me puedo sentir agobiado y/o cansado pero es intrínsecamente
bueno.
Tomemos un ejemplo genérico: la familia. Evidentemente
ella nos da miles de satisfacciones, de alegrías, de orgullos,
de retribuciones afectivas y cuidados maravillosos. Es por la que
nos movemos, es por la que trabajamos, por la que madrugamos y
nos esforzamos. Sin embargo, al mismo tiempo nos vemos donándoles
gratuitamente nuestra disponibilidad y agenda casi por las 24 horas
del día… Resulta aparentemente ilógico, pero
a la vez absolutamente real, que esa “agonía” nos
hace vivir con una felicidad desbordante.
Otra
mirada frente a esta imagen del embarazo, es la de qué hacer
con las molestias de la vida. Los vómitos, mareos, nauseas
y dolores de cabeza son inevitables en su mayoría de las
veces. Así también hoy hay problemas que parecen
parte “del paquete”: los tacos, la pobreza, la falta
de tiempo, la escases de fondos, la contaminación etc… Frente
a esto, como decía anteriormente hay dos caminos a seguir.
Hay muchos que se dejan llevar por la falta de entusiasmo y la
apatía; pareciera que lo externo dominara las fuerzas internas
y la actitud reinante fuera una apagada resignación. Abisma
ver cuánta gente ya ni siquiera pelea por lo que considera
importante y sobreviven a lo que les toca.
Muy por el contario, la actitud frente a estos sucesos, creo
que debiera ser en primer lugar la aceptación. La vida tiene “dolores” que
nos ayudan a ser mejores, a crecer desde estos momentos de aparente
sin sentido. Es más siempre dicen con respecto a los embarazos:
mientras peor uno se siente, mejor va todo. Qué ganas de
que actuáramos así también en nuestra vida
cotidiana…
Creo que ese es precisamente el misterio de la cruz: Jesús
sabía que iba a sufrir hasta el extremo, pero era tal su
felicidad por el resultado siguiente, que fue capaz de sufrir la
agonía, para resucitar al éxtasis.
En segundo lugar, vitalizarse de los pequeños detalles
que se nos aparecen entre un achaque y otro. Por ejemplo si estoy
en un taco – evidentemente aburrido- quizás podemos
alimentarnos de la buena música que están dando en
la radio o de la buena conversación que he podido establecer
con un hijo, o de los colores maravillosos que veo en los árboles
otoñales. Tomar energía de cada viento fresco que
aparece frente al dolor es una muy buena práctica. Siempre
he admirado a las personas que en las visitas a enfermos, son capaces
de hacer reír a los que están presentes con una broma
asertiva y simpática, que rompe el dolor, aunque sea por
unos minutos. Incluso frente a la muerte… hay personas que
vitalizan ese momento. Los que sacan anécdotas, los que
gozan con las canciones o las flores de la misa; hasta los que
cuentan chistes… son agüita fresca frente al sufrimiento
objetivo. No optan por la apatía, si no que se agarran de
lo que pueden para mirar todo con optimismo y alegría lo
que tengan al frente.
Nosotros, hombres y mujeres, en la medida que podamos, estamos
invitados a pasar por las molestias “del embarazo” de
cada circunstancia que vivamos, para dar vida a todos los “hijos” que
tenemos en espera. Y a pesar de los sufrimientos, estar simultáneamente
felices de lo que estamos anidando.
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